Cartas a los Animales (Wimpi)

PRÓLOGO

Cuando una estrella de mar se corta un brazo, en seguida lo repone, como otro brazo tan natural como el perdido.
Y hay unos gusanos del orden de los planáridos que vuelven a completarse asombrosamente en cuanto de algo
se les priva. Si a una planárida la cortan más cerca de la cabeza que de la cola, se activa su metabolismo, y aparece una cabeza nueva, y si la cortan más cerca de la cola que de la cabeza aparece otra cola. Avanzando en la escala zoológica, aún en entre los crustáceos se dan esos casos notables de reposición, porque al cangrejo se le forman pinzas nuevas cuando las pinzas que tenía se rompen.
En cambio, el hombre no repone ni el pelo.
No se trata, claro está, de destacar esa incapacidad para humillarlo, porque de eso el no tiene la culpa. Como no la tiene tampoco, de ver menos que el pájaro, de oír menos que el perro, de gustar menos que la vaca. El hombre tiene 3.000 papilas gustativas receptoras del gusto. La vaca tiene 32.000. A pesar de los adelantos del arte culinario, ha de seguir siendo un misterio para el hombre el gusto que la vaca le tiene al pasto.
Podrá objetarse, hasta aquí, que al hombre, para lo que hay que ver, le basta con la vista que tiene y para lo que hay que oír con el oído que tiene.

Pero hay particularidades en los animales que no podrían desdeñarse con tanta facilidad.
Uno se refiere a las que el hombre le ha copiado a los animales; claro que desnaturalizando después, el original porque le copió los principios de la navegación al pez, pero el pez no tiene la culpa de qué haya hecho el hombre, luego, submarinos, como no tiene la culpa el pájaro de haber servido inconscientemente, como modelo de bombarderos..

El hombree copió asimismo, el radar al murciélago que se orienta en la oscuridad por el eco de los sonidos que emite; le copió el Derecho Internacional al avestruz, que cree que si él no mira no lo ven: le copió la viveza al tero,
que pone el huevo en un lado y va a pegar el grito en otro. En todo eso, la imitación le salió más o menos perfecta.

...Por otra parte, señores, bien que no ha podido establecerse todavía, por medio de los estudios, un pensamiento
conceptual en el animal, un querer inteligente, la conducta de los animales por el hombre mayor de edad para fundar el método didáctico de las fábulas, destinado a la educación de los cachorritos humanos.

El hombre debió ir a buscar ejemplos, en esos seres aparentemente sin alma, porque no los encontraba tan típicos
y claros en ejemplares de su especie. Y apeló a la nobleza del león, a la fidelidad del perro, a la disciplina de las abejas, a la laboriosidad de la hormiga.

Eso no le impidió, de ninguna manera, llevar al león al circo y enjaularlo junto a un domador feroz, para divertir entre otros, a los mismos chicos ante quienes la nobleza del león fuera puesta como ejemplo. Los chicos tienen
todo el derecho de pensar que si ese es el resultado de ser noble, es preferible seguir el ejemplo de cualquier otra cosa.

El hombre dice "fiel como un perro" al referirse al amigo leal, pero también dice "vive como un perro" al que dice que anda en la mala. Y como las condiciones en que el perro vive dependen del hombre-porque el no se agremia
ni tiene consejo de salarios ni siquiera gana sueldo, está por la comida y cucha, que no suele ser más que una chiquizuela pelada y un jergón-, el hombre mismo declara al reconocer que "hay una vida de perros" su injusticia
en el trance de estimar una lealtad.

....La calificación del hombre por el hombre, siempre está referido a los animales. El hombre es bravo como un león, manso como un cordero, flojo como una gallina.

Habría que decir "generoso" como una gallina. Porque el hombre guarda en el banco el producto de su esfuerzo,
en cambio la gallina, novelera y desprendida, no bien pone un huevo cacarea para que se lo vayan a buscar y lo entrega gratis.

El hombre calumnia al tiburón, porque la Oficina de Aeronáutica de la Flota Norteamericana basándose en el testimonio de aviadores de la Unión dice que durante la guerra se vieron obligados a descender y permanecer a la deriva en aguas llenas de tiburones.

El hombre inauguró, es verdad, la novedad de la inteligencia sobre la tierra. Pero no llegó a ser, por ella, un verdadero rey de la Creación. Hasta el momento apenas es un capataz de la Creación. Y eso mediante el látigo, el yugo, la rienda, la escopeta y la trampa.

Si se llamara a elecciones, señores, de las que participaran la vaca y el conejo, la gallina y el novillo, el lechón y la perdiz, la paloma y el pejerrey, con seguridad que no saldría electo el hombre aunque les prometiera a los
sufragantes hacerse vegetariano.

El mundo de los animales, el mundo íntimo es oscuro y al mismo tiempo transparente, es como algo negro envuelto en celofán, porque no sabemos si el perro piensa pero vemos cómo el perro sigue a su dueño, no sabemos si el gato piensa pero vemos cómo lo espera en la casa. Son dos formas distintas de fidelidad, pero precisas e indiscutibles.

Además el animal sufre, porque su queja es un lenguaje que cualquier hombre de corazón honrado tiene que comprender.
Y no se es hombre sólo por la cabeza y por la mano, como dicen los antropólogos (una mano que piensa y una mano que agarra) el hombre debe ser hombre, principalmente por su corazón, que tiene aquellas famosas razones que el
corazón ignora.
Y quien asiste impávido, insensible y hasta entretenido, a veces, al espectáculo de un padecimiento, no tiene derecho alguno a tratar de bestias, a las otras bestias.
El hombre así-lamentable y mutilado en su corazón que es la entraña de la verdadera comprensión y de la verdadera gracia-es el que atribuyó siempre a otras familias zoológicas el patrimonio de sus propios disparates,
para eludir, él, la responsabilidad de haber sido quien los inauguró sobre la tierra.

Y es así que a lo largo de la llamada civilización humana, se sostuvo que las perrerías las había inventado el perro,
las raterías, la rata, y las burradas, el burro.
Pero ya Juan Ramón Jiménez en aquel librito que le dedica a Platero dice, "pero si cuando un hombre es bueno,
debieran llamarlo asno, cuando un asno es malo, debieran llamarlo hombre"
Sería justicia, señores

EL PERRO HERIDO
Manuel Benítez Carrasco (Granada 1922-1999)
Pasó el perro a mi lado; un perro de pobre casta, uno de esos callejeros pobre de sangre y de estampa. Nacen en cualquier rincón de perras tristes y flacas, destinados a comer basura de plaza en plaza. De pequeños, por lo fino y lo inocente de la infancia, baloncitos de peluche, tibios borrones del ala, los sacan al sol, les cantan.
De mayores, como que ya se les fue la gracia, los dejan a su ventura, mendigos de casa en casa, sus hambres por los rincones y su sed sobre las charcas. Y qué tristes ojos tienen, qué recóndita mirada, como si en ella pusieran su dolor a media asta; y se mueren de tristeza a la sombra de una tapia, si es que un lazo no les da una muerte anticipada.
Yo lo llamo... todo orejas asustadas, todo hociquito curioso, todo sed, hambre y nostalgia. El perro escucha mi voz, olfatea mis palabras como esperando o temiendo pan, cariño o pedradas; no en vano lleva marcado un mal recuerdo en su pata. Lo vuelvo a llamar... dócil, a medias avanza, moviendo el rabo con miedo y las orejitas gachas. Le digo: ven aquí, no te hago nada, vamos ven, y adiós a la desconfianza, y se tiende a mis pies, con tiernos aullidos habla, ladra para hablar más fuerte, salta, gira, gira, salta, lloran y ríen, ríen y lloran lengua, orejas, ojos, patas y el rabo es un incansable abanico de palabras.
Es una alegría tan grande que más que hablarme me canta. ¿Qué piedra te dejó herido? Sabe que maldigo las piedras, aquella pedrada dura que le destrozó la pata, y él con el rabo me está agradeciendo la lástima. Pero no te preocupes, ya no ha de faltarte nada, yo también soy callejero, aunque de distintas plazas, y con mi patita renga y triste voy de jornada en jornada, las piedras que me tiraron me dejaron herida el alma. Entre basuras de tierra tengo mi pan y mi almohada, ¡vamos pues, vamos perrito mío! vamos anda que te anda, con nuestra renguera a cuestas y nuestra tristeza en andas, yo por mis calles oscuras, tú por tus calles calladas, tú la pedrada en el cuerpo, yo la pedrada en el alma. Y cuando mueras amigo, yo te enterraré en mi casa, bajo un letrero que diga: aquí yace un amigo de mi infancia, y en el Cielo de los perros, tan puro, tan tierno, te regalará San Roque una muleta de plata.
Compañero si los hay, amigo donde los haya, mi perro y yo por la vida, pan pobre, rica compañía. Era joven y era viejo por más que yo lo cuidara, el tiempo malo pasado lo dejó medio sin alma; fueron muchas hambres, mucho peso para sus tres patas. Y una mañana en el huerto debajo de mi ventana, lo encontré tendido, frío, como una piedra mojada; ya estaba mi pobre perro muerto de las cuatro patas. Hacia el Cielo de los perros se fue anda que te anda, las orejas de peluche y el hociquito de escarcha. Portero y dueño del Cielo, San Roque en la puerta estaba, ortopédico de mimos, cirujano de palabras, con buen surtido de recambios con que curar viejas talas.
">Para ti un rabo de oro, para ti un ojo de ámbar, tú, tus orejas de nieve, tú, tus colmillos de escarcha; tú ¬y me perro le reía- tú, tu muleta de plata.
">Ahora ya sé porque está la noche agujereada. ¿Estrellas? ¿Luceros? No, es mi perro que cuando anda con la muleta va haciendo agujeritos de plata.