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IMÁGENES
Los elefantes He hecho bastantes historias acerca de las víctimas de las minas, pero sin desmedro de ser ellas tan trágicas e impactantes, todas han tenido un hilo común: las víctimas han sido humanos. Sin embargo, la semana pasada, nosotros hemos descubierto una nueva dimensión del horror de las minas: los elefantes. Estos animales pesados y apacibles ocasionalmente son desfigurados de manera terrible cuando sus inmensos pies detonan a causa de los explosivos escondidos. Hemos estado filmando en la frontera septentrional de Tailandia con Myanmar, anteriormente Birmania. El área está plagada de minas dejadas por el gobierno militar de Myanmar procurando suprimir rebeldes étnicos de Karen. Los dueños de los elefantes, a menudo se introducen en esta selva traicionera para encontrar madera. Motala, un elefante, es una víctima típica: De 46 años de edad y ahora perdiendo su pie delantero derecho. Ella llegó en la caja de un camión a un hospital dirigido por el Dr. Preecha Puangkham. El ha recibido 12 elefantes heridos por minas en los últimos 9 años, cifra que está muy lejos del número de los humanos que son mutilados o aún matados, pero son un recordatorio de apenas cuán indiscriminadas estas armas son. Ellas no pueden distinguir entre civiles y soldados o aún entre humanos y animales. Qué trágico es para los elefantes que una vez herido por una mina, su dueño a menudo les pega unos tiros hasta dejarlo muerto, ya que el animal no puede trabajar más. Motala es tratada con una innovadora prótesis de pierna hecha de lona llena con aserrín, conectada con lazos. Suena loco, pero trabaja. La pobre Motala vieja está recelosa de poner su peso total sobre la prótesis. Quizás un día vendrá en que ella podrá andar normalmente, utilizando el miembro artificial.
Hubo
un caso en el hospital que impresionó aún más: un
elefante bebé llamado Moca, perdió también un pie.
Ella se había tropezado también con una mina. También
fue tratada en este hospital de elefantes. Inquisitiva, nerviosa y adorable,
ella no era más alta que mis hombros. Una criatura más deleitosa
y juguetona sería difícil de imaginarse. Más Moca,
como Motala, había llegado a ser una víctima más
del legado atroz de las minas del sudeste de Asia.
Los Animales van a la guerra Como
dice el dicho , " ojos que no ven, corazón que no siente",
y esto, junto con la censura oficial, es probable que sea la razón
de por qué sea tan poco lo que jamás se haya dicho
o escrito acerca de la explotación que realizan los militares sobre
los animales, indudablemente uno de las más pervertidas de todas
las actividades humanas, demasiado terrible aún para los mejores expertos en
relaciones públicas para adornarlas o justificarlas.
Entonces hay pilotos simios en la US Air Command - 4000 de
los cuales se destinaron a morir en un establecimiento de investigación a
través de un cuarto de siglo de experimentos olvidando que muchos, son
repetitivos. Estas víctimas fueron "entrenadas" - con el uso
juicioso de choques eléctricos - para volar en la partida
de los simuladores de aviones, reposición aérea de combustible o
bombardeo de altura. Para descubrir si los aviadores, en caso de
guerra, podrían enfrentarse con los síntomas que los debilitaran durante
el vuelo a causa de radiaciones mortales y nubes de lluvia
radiactiva que contaminan la atmósfera, los monos fueron irradiados,
y, experimentando terribles enfermedades por un lado ,
y recibiendo descargas eléctricas por otro lado, eran una
vez más enviados a su día de juicio final para una misión
de bombardeo hacia algún lugar.
Verdaderamente, la explotación de los animales en los laboratorios todavía está arraigada firmemente en principios arcaicos y mecanicistas que fueron expuestos por los patriarcas primarios de la vivisección, los hombres como René Descartes, que creyó que los animales eran objetos inanimados que "deben ser considerados estrictamente como máquinas," y Claude Bernard, el fisiólogo francés del siglo XX que declaró que él "podría afectar tanto a los cuerpos vivos como a los objetos inanimados." De la misma manera, hasta la más cercana de nuestras especies amigas que fueron reclutadas en un servicio militar fatal todos los años son reducidos también a meras estadísticas, y " modelos científicos." La impasible estadística a secas tan a regañadientes producida por el establecimiento militar proporciona en realidad una cortina conveniente sobre la letanía del sufrimiento individual. Las justificaciones rituales para los experimentos militares con animales implica más que una semejanza pasajera a la novela 1984 de Orwell , donde la hipocresía es trasformado en arte fino, y donde, gobernado por El Gran Hermano y la paranoia del poder, las ambigüedades están a la orden del día -"la Guerra es la Paz, la Libertad es la Esclavitud, la Ignorancia es la Fuerza." Es así como se justifica la vivisección militar como siendo "estrictamente para propósitos de defensa" - aunque los animales también se maten rutinariamente en el desarrollo de sistemas armamentistas obviamente ofensivos; que el secreto de tales experimentos circundantes son para la protección de la "seguridad nacional" - pero para salvar también al público de prejuicios emocionales y "sentimentalismo"; y así, mientras los animales se utilizan precisamente a causa de su pretendida semejanza, fisiológica y psicológica con los humanos, los "juicios antropomórficos" que quizás sean consultados accidentalmente por algún atisbo de derechos y dignidad fundamental para ellos, debe ser evitado a toda cuesta. Desde caballos de carruajes en el mundo antiguo, a la explotación despiadada de los elefantes por Aníbal para cruzar los Alpes y confrontar con el Imperio romano, los animales han jugado un papel fundamental en la historia larga y oscura de la guerra humana. Pero no fue hasta el siglo XX que el uso militar de los animales llegara a ser claramente siniestro y extraño. Durante la segunda Guerra mundial, el ejército Americano utilizó "tankdogs" kamikases para volar panzers alemanes. En su libro "A Higher Form of Killing, Robert Harris y Jeremy Paxman describen cómo los cachorros les fueron quitados a sus madres tan pronto como eran destetados, y eran alimentados sólo bajo los vientres de los tanques. Una vez en el campo de batalla, los perros eran mantenidos al borde del hambre, con explosivos y una elevada antena atadas a sus espaldas. Cuando los panzers alemanes se acercaban, los animales hambrientos fueron liberados. Corriendo instintivamente bajo los tanques enemigos en busca de alimento, la antena rasparía el vientre metálico del vehículo enemigo, detonando los explosivos y así destruyendo tanto al tanque como al perro. Hasta los planes que requieren más imaginación fueron instrumentados por los Sistemas Operativos Americanos, precursor de la CIA, informa Harris y Paxman. Uno de ellos estaba enfocado sobre el temor instintivo de los gatos hacia el agua y su legendaria habilidad para aterrizar siempre de pie. De manera que los científicos del sistema operativo americano razonaron que una bomba podría conectarse al gato el cual entonces sería amarrado bajo un avión de combate. Al bombardear en picada sobre los buques de guerra nazi, el gato sería liberado y en la desesperación del animal por evitar el agua, casi siempre ubicaría la bomba sobre plataformas enemigas. Los experimentos con los gatos voladores sin embargo, demostraron más bien ser menos exitosos ya que los animales llegaron a quedar inconscientes mucho antes de que el barco se ubicara por debajo de ellos presentando un lugar ideal para aterrizar. Durante los años siguientes, millones de animales llegarían a ser víctimas de la tercera guerra mundial. La justificación era tan sencilla como el ABC, la sigla del jardín de infantes, que representan los primeros pasos en el conocimiento, también aplicado con cinismo involuntario a las armas atómicas, bacteriológicas y químicas. Pero son los EE.UU., que dieron al mundo su primer trasplante de cabeza de mono, que dentro de los experimentos militares parecen ser de los más grotescos. Por los comienzos de los 60, los científicos militares habían desviado su inextinguible curiosidad hacia los cetáceos, como instrumento de investigación y máquinas de guerra. La Armada de EE.UU. lanzó su proyecto secreto de delfines en 1960, tratando de descubrir si la fisiología de los animales podría ser aplicada al diseño de submarinos, misiles y torpedos submarinos. El programa sin embargo pronto crecería, abarcando investigaciones claramente más siniestras. Estas incluyeron la instrucción de delfines para conectar los explosivos y escuchar a través de dispositivos electrónicos escondidos en barcos y submarinos enemigos, y a través de buzos auxiliares de Armada recuperando las armas perdidas y costosas del fondo del océano. Ya en 1965, llegó a ser obvio que los EE.UU. estaban frente a la dura competencia de la U.R.S.S., ampliando el espectro, según la CIA, del " espacio del delfín." Según informes de inteligencia de los EE.UU., el proyecto soviético del delfín implicaron cinco estaciones de investigación en el Mar Negro, inclusive pequeños laboratorio de bio-acústica y un delfinario. El programa ruso, expresó la CIA preocupada, "podría permitir a los soviéticos evaluar los beneficios potenciales de desarrollar topes acústicos como contramedidas para los programas del delfín de la Armada de los EE.UU. ." En el acta de 1981 de los US Naval Institute Proceedings, el comandante Douglas R. Burnett, abogado del almirantazgo, discutió el tema de la escalada de los delfines de combate entre las superpotencias. "No es posible que no haya otra elección excepto destruir delfines," advirtió, "u otro mamífero marino que represente una amenaza similar." ¿Pero
son entrenados los animales o se les lava el cerebro para que lleguen
a ser asesinos? Irónicamente, fue el neurofisiólogo y "Gurú
de la Nueva Era" , el Dr. John Lilly el primero en perfeccionar
una técnica de implante de electrodos en los cerebros de animales
no anestesiados y estimular "los sectores del dolor y el placer"
de la mente. Después de matar monos por docenas en el Instituto
Nacional de Salud Mental, Lilly concluyó que la manipulación juiciosa
de estas áreas del cerebro podrían inspirar alegría y bienestar,
o dolor, cólera y temor. Sin lugar a dudas, utilizando
los electrodos para provocar los estímulos de recompensa o
castigo, el animal podría quedar subordinado totalmente a la
voluntad del humano. El ingenioso Lilly, entonces desvió
su atención hacia los delfines, bajo el pretexto de desear "comunicarse"
con estas criaturas inteligentes y sumamente perceptivas. Para introducir
los electrodos en los cerebros de los animales completamente conscientes,
se hicieron orificios en el cráneo con un instrumento agudo y un martillo
de carpintero. Según el Profesor. Giorgio Pilleri, "el delfín se
sujetó pero trató de saltar al sentir cada golpe - no a causa
del dolor, sino a causa del ruido intolerable producido por el martillar."
Sin lugar a dudas, muchos de los delfines de Lilly sufrieron una muerte
agonizante. "A pesar de la desilusión y la tristeza," él anunció,
"tuvimos que continuar con nuestra investigación: nuestras responsabilidades yacen en
encontrar la verdad." No fue hasta años posteriores, sin embargo,
que un arrepentido Lilly finalmente se enfrentó con
la verdad, aparentemente evasiva. Después de sufrir
toxicomanía y una lesión cerebral, él enfocó su investigación
bajo un enfoque enteramente diferente: "estaba construyendo un
campo de la concentración para mis amigos."
Aún
cruzando un país montañoso y difíciles terrenos, la mula fue
mantenida en un curso perfectamente recto por el manejo de los sentimientos
del castigo o la recompensa a través de los electrodos instalados
en su cerebro.
En 1972, la Armada de los EE.UU. había desplegado un primer equipo secreto
de "marsopas guerreras" en Vietnam, como parte de
su "Programa de Anulación de Nadador", o sea otra forma Orwelliana
más para matar. Por lo menos durante un año, estos delfines experimentales
se utilizaron para proteger los puertos estratégicos vietnamitas
contra la infiltración de hombres-rana enemigos. Según el Dr. James
Fitzgerald, pionero en la investigación con delfines para la
CIA y la Armada de los EE.UU., después de discernir que un buzo era
intruso, los animales se entrenaron para quitarles su mascarilla con
las aletas, romper los tubos de suministro de aire, y finalmente
" capturarlo para el interrogatorio." De hecho los delfines
que sirvieron en Vietnam parecen haber sido considerablemente menos benignos.
Verdaderamente, era la explotación cada vez más sórdida de los cetáceos
por el ejército de los EE.UU. que comenzó a provocar repulsión entre sus
propios entrenadores de los delfines. Varios renunciaron con repugnancia,
y experimentaron pocas náuseas al traicionar por lo menos algunos de los
secretos del ejército al público. Según el Dr. Michael Greenwood, los
delfines de la Armada habían sido enseñados también para matar,
con cuchillos conectados a sus aletas y hocicos. Lo peor debía venir sin
embargo, después, cuándo los delfines se equiparon con grandes jeringas
hipodérmicas cargadas con dióxido de carbono presurizado.
Cuando el delfín arrinconaba a un hombre-rana enemigo con la aguja, el
gas rápidamente expansivo causaría que la víctima literalmente estallara.
Años más tarde, se revelaron que los delfines asesinos de Vietnam habían
sido realmente responsables de las muertes de 40 buzos de Vietcong, y
accidentalmente, dos militares Americanos. Como un viejo entrenador de
delfines para la CIA expuso, "ellos no pueden decidir sobre la
diferencia entre un amigo y un enemigo." Verdaderamente, quizás el
concepto de amigo y enemigo mortal - una dualidad que se manifiesta dentro
de la misma especie - es igual al concepto del extranjero para
el delfín. Según el Pentágono, ellos serían también responsables de patrullas de seguridad contra los saboteadores potenciales ubicados alrededor de un gran barco cercano a la isla Farsi que sirvió como base flotante para los helicópteros de combate y más de 200 militares Americanos. En la primavera 1989, Rick Trout, que trabajó como entrenador animal en la Armada entre 1985-1988, reveló que los delfines y focas del ejército habían muertos de hambre como parte de su instrucción en los Naval Oceans Systems Center en San Diego, California, e incluso fueron pateados. Los documentos del funcionario demuestran que 13 delfines murieron en manos de Armada durante los pasados tres años, más de la mitad de hambre o desórdenes estomacales. "En mi segundo día de trabajo yo vi un león marino pateado en la cabeza por negarse a comer," testificó Trout. "Vi también a un delfín recibiendo un puñetazo en la cara." Una comisión "independiente" del gobierno ha confirmado algunos de las declaraciones de Trout, mas como era previsible, su recomendación final fue que la Armada no debe capturar más mamíferos marinos hasta que haya empleado a más veterinarios. Tiene actualmente, o despliega por lo menos unos 100 mamíferos marinos, con un equipo de delfines utilizados para patrullar las aguas alrededor de las bases submarinas nucleares de Trident en el estado de Georgia, Connecticut y Washington. Sin embargo, se informa que números significativos de delfines y leones marinos han estado escapando de sus torturadores militares. Según funcionarios locales de conservación, varios leones marinos aparecieron recientemente en las playas de la Isla de San Miguel de la costa de California Meridional, llevando todavía equipos aéreos de la Armada.
Aparte del servicio activo, los delfines son alistados también
extensamente como "modelos" pasivos en "investigaciones
de laboratorio invasivas." Los misterios del sonar del delfín,
por ejemplo, han obsesionado a los científicos militares por lo menos
durante veinte años por la sencilla razón que "las habilidades innatas
en la especie en la eco-locución, o "ver con el sonido" supera
aún por lejos el equipo de radar más avanzado en los arsenales de las
grandes potencias. Verdaderamente, esa obsesión ha tenido como resultado
sólo varias miles de muertes de delfines, y en EE.UU., un presupuesto
anual de por lo menos un millón de dólares.
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