EXPERIMENTACION ANIMAL: Caídos por la ciencia.
Los investigadores se muestran cada vez más dispuestos a buscar alternativas
a la utilización de animales en el laboratorio, sin embargo aseguran
que en ciertos protocolos son todavía insustituibles
MYRIAM LOPEZ BLANCO
Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza y le dio dominio sobre el resto
de criaturas. Esta sentencia de la Biblia deja bien claro cuál es su
postura frente a la utilización de animales para la experimentación
científica, pero,
ciertamente, cada vez hay menos adeptos de esta teoría.
Libros como Animal Liberation (Liberación Animal) del filósofo
australiano Peter Singer, estudios del comportamiento de los primates de etólogas
como Jane Godall o Dian Fossey, o, en España, Félix Rodríguez
de la Fuente fueron en los años 70 el combustible para el cambio. Así
nacieron los movimientos para la defensa de los animales que pusieron contra
las cuerdas a la experimentación científica e irrumpieron en las
aulas para concienciar a los estudiantes de medicina y biología de que
el sufrimiento de los animales en el laboratorio se podía evitar.
La revista Scientific American hace un amplio repaso al debate sobre este polémico
tema en sus páginas del
próximo mes de febrero, y como advierte John Rennie desde el editorial,
esta discusión «aunque es frustrante y parece que nunca va a llegar
a su fin, puede ser constructiva a pesar de todo».
Al otro extremo de la contienda recibiendo las críticas de los activistas,
se apiñan algunos investigadores que han formado grupos como la Sociedad
para la Defensa de la Investigación (SDI), en EEUU. Estos científicos,
aunque reconocen que hay experimentos que se podrían haber evitado, creen
que el uso de animales es insustituible en
buena parte de los trabajos, al menos por ahora, y que gracias a su utilización
se han dado pasos muy importantes en la lucha contra las enfermedades de los
seres humanos. Pero no toda la experimentación animal ha sido un ejemplo
de excelencia.
En 1984 salieron a la luz unas cintas de vídeo grabadas en el Centro
Médico de la Universidad de Pensilvania en las que aparecía el
personal del laboratorio mofándose de unos mandriles a los que se les
había aplastado la cabeza durante unos experimentos para estudiar el
trauma.
Escenas tan patéticas como ésta, que por otro lado no hay que
ir hasta Pensilvania para encontrarlas ni remontarse
a 1984, son las que han hecho estallar en cólera a los defensores de
los animales y quizás han facilitado que
estos grupos amantes de la naturaleza clasifiquen todos los tipos de experimentación
animal dentro de un mismo saco.
.
Duros enfrentamientos
.
Hoy en día, casi todos los activistas liberadores de animales insisten
en que la investigación con animales es totalmente innecesaria , y para
estas personas los científicos que utilizan animales para sus estudios
son individuos crueles y corruptos a los que sólo les mueve el deseo
de publicar sus trabajos y conseguir becas.
Para muchos de estos defensores, el hecho de que se maten anualmente 6.000 millones
de animales, casi todos para comida, representa un holocausto, y también
creen que los médicos que trabajaron para Adolf Hitler son una prueba
de que los científicos pueden llegar a ser inhumanos si se les pone facilidades.
Desde el otro bando, hay investigadores que creen que los defensores de los
animales son estúpidos en el mejor de los casos y fanáticos peligrosos
en el peor, y algunos de ellos también se acuerdan del dictador alemán
cuando tratan de demostrar que los activistas son antihumanos, ya que Hitler
era también un amante de los animales que aprobó unas leyes contra
la crueldad en la Alemania de los años 30.
Fuera de estos extremos, muchas personas reconocen que estos enfrentamientos
también han tenido un aspecto positivo y que el resultado de la batalla
está sirviendo para informar y concienciar al público de la situación,
y para
conseguir que la experimentación animal sea un proceso más riguroso
de lo que ha sido hasta ahora.
Muchos investigadores han empezado a buscar afanosamente alternativas a los
animales. Sin embargo, alegan que, por mucho que se empeñen, hay fases
en el programa de cualquier investigación que son imposibles de realizar
en un tubo de ensayo. «No es suficiente saber cómo se comportan
los tejidos, las células o las moléculas individualmente»,
escriben en un manifiesto los miembros del SDI.
«El cuerpo vivo es mucho más que una colección de partes
y nosotros necesitamos saber cómo interaccionan, cómo se controlan».
Los partidarios de la investigación creen que a medida que la ciencia
vaya progresando puede que consigan reducir
el número de animales utilizados en ciertas áreas, pero en otras
puede que aumente. Por ejemplo, si se desarrollan
modelos animales mejores.
Ahora, según estos científicos, ya se pueden criar animales que
tengan exactamente los mismos defectos genéticos que causan una enfermedad
humana. De manera que un ratón con fibrosis quística, por ejemplo,
puede tener los mismos síntomas que un niño con fibrosis quística.
Estos ratones también son el método ideal, asegura Barbara Davis
de la SDI, para probar la terapia génica que podría ofrecer una
solución definitiva para esta enfermedad. A parte de para el estudio
de las funciones normales del cuerpo o del mecanismo de una enfermedad, según
Davis, los animales son también necesarios en la última etapa
del desarrollo de un tratamiento. «No es ético ni legal probar
los medicamentos nuevos en pacientes sin estar seguros de que van a resultar
beneficioso para ellos o por lo menos que no les harán daño. Por
eso han de ser probados primero en animales», añade.
Como es lógico, también hay infinidad de científicos que
son amantes de los animales. Un estudio sociológico realizado en la Universidad
Fordham por el doctor Harold Takooshian reveló que entre los investigadores
de biomedicina se encuentran los mismos sentimientos enfrentados que se dan
fuera del laboratorio.
Es el caso del doctor Donald Silver, que en los años 70 estudiaba el
cáncer en ratones en el Sloan-Kettering Hospital, y que recuerda que
cada vez que dudaba sobre su trabajo se ponía a pensar en los pacientes
terminales que había en el pabellón de los niños del hospital.
Así, dice, se despejaban todas las dudas en un instante.
Si un investigador tiene sentimientos hacia el animal con el que trabaja puede
perjudicar su labor.
En este sentido, otro sociólogo, Arnold Arluke, de la Northeastern University,
estudió desde 1985 hasta 1993 el caso de los animales favoritos en el
laboratorio. Arluke informó que algunos técnicos quedaban profundamente
afectados cuando sacrificaban a un perro juguetón o un ratón con
el que se habían encariñado.Esa tristeza se desaprobaba oficialmente,
de modo que solía mantenerse en secreto. Y después de unas cuantas
muertes de animales favoritos, el técnico de laboratorio aprendía
a evitar desarrollar sentimientos hacia las criaturas.
Esta separación de los sentimientos puede que sea beneficiosa para los
científicos pero no para los animales. Según los liberadores de
animales esto hace que no se tenga en cuenta cuándo sufren.
Sin embargo, hay cada vez más investigadores que tratan de equilibrar
los requisitos de la ciencia con la mayor humanidad posible. Por ejemplo, Keith
A. Reinman, un veterinario de la Universidad de Harvard, hace investigación
del sida con monos e insiste en que se mate al animal en cuanto se ponga enfermo
aunque se pueda obtener algo más de información si se observa
cómo evoluciona la enfermedad.
La preocupación de los científicos por los animales se empezó
a hacer patente por primera vez en los años 50, cuando el zoólogo
británico William M. S. Russell y el microbiólogo Rex L. Burch
publicaron los Principios de la Técnica Experimental Humana en la que
describieron tres metas, llamadas las tres R, que debía seguir todo investigador
concienciado:
Reemplazamiento de animales por métodos in vitro o en el tubo de ensayo.
Reducción del número de víctimas.
Refinar el experimento con el fin de causar el mínimo daño posible.
Tuvieron que pasar varias décadas hasta que se les empezó a hacer
caso, pero ahora se puede decir que las tres R definen la situación actual
de la experimentación con animales.
Hoy, aunque muchos se muestran escépticos frente a la idea de llegar
a reemplazar completamente a los animales, se intenta cada vez más reducir
y refinar la técnica, por ejemplo, utilizando animales más inferiores
en la
escala filogenética. Y, de hecho, ya se han obtenido algunos logros en
la búsqueda de alternativas.
En 1970 se utilizaban 5.000 monos al año para la fabricación de
vacunas contra la polio, y ahora los cultivos de células de riñón
extraídas de sólo 10 monos proveen la suficiente cantidad de vacunas
para todos.
Otro ejemplo: En 1989, después de observar que la producción de
anticuerpos monoclonales en ratones era muy dolorosa, un centro alemán
para las alternativas a la experimentación animal llamado ZEBET encontró
la solución en el tubo de ensayo. Y hoy en día los anticuerpos
que se utilizan en la terapia contra el cáncer rara vez han sido producidos
por un ratón.
Parece que la conclusión general, depues de oír a todas las partes,
es que en la experimentación animal, como en cualquier otro asunto, todo
depende del uso que se haga de la técnica.
Barbara Orlans, del Instituto Kennedy de Etica de la Universidad de Georgetown,
cree que es posible estar a favor de la investigación y también
a favor de los animales. Orlans cree que los protectores de animales deben aceptar
que la investigación es beneficiosa para las personas, y que los investigadores
deben admitir que si los animales son tan cercanos al hombre como para que sus
cuerpos, su cerebro e incluso su psique sean un buen modelo para la condición
humana, entonces los dilemas éticos también deben servir para
ellos.
.
El público
.
Aunque no son los científicos los único que deben enfrentarse
al dilema ético, sino el resto de ciudadanos. En este sentido, es interesante
destacar que los que están más a favor de la experimentación
animal son el clero, los granjeros y los cazadores. De hecho, los movimientos
defensores de los animales han ido surgiendo a medida la población abandonaba
el campo para irse a vivir a la ciudad.
El género, la edad y la educación recibida también son
aspectos determinantes:
en todas las ciudades que se han estudiado, las mujeres se muestran más
a favor de los animales que los hombres. De hecho, en EEUU, la tercera parte
de los activistas son mujeres. Además, las personas mayores y que han
recibido menos educación sienten una menor compasión por los animales
que los más jóvenes y con un nivel cultural más elevado.
El apoyo del público a la experimentación científica, aunque
es mayor al otro lado del Atlántico que en Europa, está descendiendo:
en 1985, el 63% de los estadounidenses estaba de acuerdo en que los científicos
realizaran investigaciones que causan dolor y daño a los animales tales
como perros y chimpancés sólo en el caso de que el estudio ofreciera
más información sobre las enfermedades humanas. En 1995, sólo
un 53% piensa lo mismo.
http://www.el-mundo.es/salud/1997/231/01662.html